9.11.2005

11 de setiembre de 1973

"La sangre del compañero Presidente
golpea más fuerte que bombas y metrallas.
Así golpeará nuestro puño nuevamente.
Canto, qué mal me sales
cuando tengo que cantar espanto.
Espanto como el que vivo,
como el que muero,
espanto de verme entre tantos y tantos
momentos de infinito
en que el silencio y el grito
son las metas de este canto.
Lo que nunca vi,
lo que he sentido y lo que siento
hará brotar el momento..."
Victor Jara - "Estadio Chile"

Más allá de la nostalgia que evoca el proceso chileno, habría que preguntarse hoy las razones que hicieron posible el golpe de estado contra el gobierno de Allende. Decir que todo se debe a Nixon y Kissinger y a la compra de los militares chilenos es lo más fácil. Con la muerte del general Schneider ya era claro que ni los gringos que ni las clases dominantes chilenas que ni los milicos iban a respetar las reglas del juego burgués democratico que Allende defendió hasta el final.

Se debe decir claramente que usted señor Kissinger y usted señor Pinochet son responsables de uno de los actos de deshumanización más grande del siglo XX. Quizá solamente su exhibición, como paradigmas de lo que se hace en nombre de los ideales burgueses latinamericanos y de USA, en un zoológico de las infamias del siglo XX y del presente, pudiera ser un castigo adecuado para sus actos.

Habría que buscar entre los escombros de La Moneda, por qué falló este proyecto de liberación que tanto apoyo tenía del "pueblo". En la medida que entendamos los efectos del estalinismo en Allende, como en tantos otros revolucionarios latinoamericanos, podemos evitar que se repitan los mismos errores en luchas futuras. En la medida que entendamos como la burguesía defenderá hasta las últimas consecuencias su poder, podemos entender la extensión de nuestra lucha.

Más allá de dar una respuesta definitiva, creemos que es mejor que cada uno determine la respuesta a esta pregunta, que aprenda como el deseo, incluso el que aparece como mejor, se puede desperdiciar en medio de la mejor racionalización, de como las serpientes te ahogan siempre que les des la oportunidad.

9.08.2005

009

rayuela eterna sin vuelo
(hasta el momento)

pasos dejo en el desierto

cuídame compañero

porque ya viene el minuto de papel y de fuego

ampárame entre tus páginas

porque no hay voces debajo del cielo

y demasiados caleidoscopios ensordecedores

acometen mi desvelo

ahora que se me olvidó inventar

una vez más

otro juego cuidáme compañero

de las garras de los lobos cavernarios

de las mandrágoras con treinta y cinco eclipses

de las azucenas y de los lirios matinales

que exprimen el oxígeno de mis pulmones

cuídame compañero

porque no tengo voces debajo del cielo

y acaso tus letras serán mis ventanas

antes de que mis fragiles piernas

puedan enderezarse en tierra firme

antes de que mi voz entone

el guagancó de los pétalos tiernos

de las mañanitas tibias

9.02.2005

008

La Otra Patria

"Ud. sabe: me quedan algunos meses de vida.
Los elegidos de los dioses
seguimos estando a la izquierda del corazón.
Debidamente considerados como herejes."
Roque Dalton


Las posibilidades fueron dos que dijera si

que dijera no

Habría sido fácil buscar mi máscara

en la tienda de la patria

en el banco del presidente

en el club campestre del administrador de empresas

en el café de los revolucionarios de librería

en la oficina de las secretarias y de los abogados

Habría sido fácil encontrar mi máscara

La hubiera renovado re-diseñado

en el mes en que me aumentaran el sueldo

cuando ascendiera de subgerente a gerente

de profesor adjunto a catedrático

de soltero a marido

de marido a padre

de padre a abuelo

de abuelo a muerto oficial

Habría caminado entre las cosas

con el aire de haber perdido

un cartapacio muy importante

que nunca busqué

La dirección la habría tomado

de cualquier guía telefónica

y mi nombre tan funcional como mi número

de licencia automovilística

Las células de mi cerebro adormecidas

por el licor

de mi nuevo automóvil

la casa de dos pisos

las piernas de mi nueva secretaria

el ron de los viejos amigos

los besos de las amantes clandestinas y oficiales

las buenas notas de mis hijos y de mis nietos

Acorralado y sin pensar en el escape

en la posibilidad que tal vez

haya otro camino

la máscara la podría romper

mis palabras signifiquen algo

Pero dije no

Un rotundo no

Un perdido no

Un silencioso no

Un sencillo no

teñido con los colores

del atardecer y del amanecer

Un solitario no

Un titubeante no

Tan fácil sería enmascararme

traficar con el insuficiente lenguaje

de los abogados de los contadores y de los amantes

amparados por el peso de la iglesia y del estado

Integrarme a las planillas oficiales

del sí conformista

del sí inconsciente

del sí amordazante

Copular por el nacimiento de buenos ciudadanos

los que pagan sus impuestos y cierran los ojos

Sin embargo aquí estoy

en la utópica patria de mi escritura

Sin más brújula que la marcada por ella

Sin más escudo que tu beso sincero

Luchando cada día

para que no me roben

para que no cambie involuntariamente

el nombre que escogí

007

La pregunta es repetida. Ya casi aburre preguntar lo mismo. Formular una interrogante en el infinito espacio de esta página en blanco, en el silencio absoluto de las voces ensordecedoras del mercado y la costumbre. Habría incluso que echarse atrás, verse al espejo, consultar algún oráculo, tal vez, por esta vez, aceptar que ya no puede haber respuesta, que todo se vuelve simulacro, ejercicio aprendido con el buenos días rutinario y llegar a la hora en punto al trabajo, preocuparse por la dieta y ahorrar alguito para el día de jubilación. Habría que pensar si vale la pena gastar tanta conexion sinóptica en algo que no se puede saber, que no se puede apre(he)nder. Sin embargo, sigo igual, aunque me levante con los ojos bien despiertos, siento el tiempo como una avalancha inevitable, que asfixia mis signos y que me exige continuar palabrando y perderme en los espacios de cada letra, entre cada palabra para respirar en paz, sin prisa, en este tiempo a-significado.

006

Los cristales rotos del espejo había quedado junto a su cama en pedazos multiples que reflejaban testarudamente las grises nubes que escondían al cielo y que escupían lluvia en Seattle por un día más. Jane había llegado a las 10:30 am a recoger a Jorge para ir al mercado Pike a oir a Nube de Rayo, un brujo que nos leía la baraja india cada quince días y que me ayuda a creer que pronto nuestro torbellino llegaría. Como todavía tenía la llave de su apartamento, decidí entrar. Sabía que estaría solo, que solamente encontraría su escocés de doce años y sus marlboros y aunque fuera la ex ¿su ex? ¡Qué palabra! No encontraría ninguna tipa en sus piyamas que le gritara qué hace ella aquí! Sabía que estaba solo y que cada noche tejía muriendo su manuscrito. ¿Cómo? Es fácil, no vio la botella vacía de diazepan en la mesa de noche, oficial. Su última página saltó de la impresora. La revisó. Una leve sonrisa le indicó que esos lirios traidores se habían soltado de su cuello. Comprendíó que no le quedaban palabras. Eran las tres de la mañana y la madrugada quieta y serena no se agitaba con el sonido de sirenas de patrullas y de ambulancias que no llegarían a tiempo. Vio el tarot de Crowley al lado de sus cassettes y pensó por qué no tirarse la baraja una vez más. Su chivas querido le besó la garganta apasionadamente. Mick gritaba "Gimme Shelter" por última vez en su walkman mientras barajaba las cartas y expiraba el humo del último de sus cigarrillos. Las cartas le confirmaron lo que ya sabía y tal vez se acordó de Alonso mientras tomaba el frasco de pastillas que había guardado para esta ocasión ¿Por qué? No se sabrá fácilmente, señor policia. El espejo roto, esa cruz celta, las últimas páginas de su manuscrito en la impresora y estos veintidos diskettes, son las claves, oficial.

8.26.2005

005

“Preferiría tu sonrisa a toda la verdad.”
Fito Paez

Jorge Marín Hernández había guardado el secreto por mucho tiempo y quería hablar. Era necesario sacar conclusiones del caso P. Quizá fue el vacío que dejó el silencio, el no encontrar más sus mensajes en el computador, a cualquier hora del día o de la noche. Tal vez fue el hecho que P. se convirtió en otro fracaso, en otra búsqueda infructuosa, en más silencio. Incluso podría ser que Jorge Marín Hernández comenzaba a sospechar que se había equivocado, que no supo como manejar la situación. Todas estas hipótesis de trabajo eran insuficientes para calmar la ansiedad que le provocaba a Jorge Marín Hernández el no haber escrito sobre P. Lo cierto es que se había negado a escribir porque tenía miedo que otros descubrieran su secreto, sobre todo, su compañera y sus amigos en CR. ¿Cómo explicar a los demás que se había enamorado de una desconocida por los mensajes que le había escrito? Sin embargo, como podría haber sabido en aquel momento que la chica antipática que escribía de las papas fritas en el foro de correo electrónico de la revista Pandora iba ser la misma con la que se iba a reunir en DF un miércoles de viento y lluvia.

Todo empezó a finales de 97. En una de esas noches interminables de viernes en que solía recorrer el árido espacio cibernético en busca de noticias sobre esa patria que había dejado atrás hace muchos años, esa patria a la cual no podía renunciar. Ahora, pensaba, tal vez se haría más fácil mantener contacto con los amigos y con la familia por medio de Internet. Le hacía falta hablar con los suyos, con los que entendían sus dichos, con los que le podrían contarle que había pasado con el calvo José o con Alonso.

Habían pasado cuatro años desde aquel miércoles en que reconoció los ojos verdes de P en los pasillos del aeropuerto de la ciudad de México. Su voz era como la recordaba años atrás cuando la conoció en Chelles. El nunca le dijo que antes de aceptar el reto del ajedrez verbal, él sospechaba que era la misma chica de ademanes violentos que escondían una dulce mirada de otoño.

004

El tiempo había pasado y P nunca oyó que Jorge Marín Hernández la quiso, que nunca la dejó de querer, y que esperó vanamente ese mensaje que nunca llegó. Cómo te podría decir que te quise, ahora que ya no importa que lo sepas, ahora que el tiempo nos dejo alejados, en dos lugares donde la naturaleza nos castiga con la misma lluvia eterna. Ay P, todavía recuerdo

8.25.2005

002

JMH tuvo que ceder ante el ataque incesante del otro. Jorge Marín Hernández no se iba a quedar callado. Quería que JMH le revelara su destino. No quería quedarse sin definición, a media página. Quizá la insistencia se había hecho mayor porque JMH se estaba haciendo viejo y no escribía nada. Se comportaba como áquel que leía los secretos de las manchas del jaguar y afirmaba que no entendía nada. Más que contar una historia, que dejar un mensaje, a JMH le importaba más el proceso de escribir, de inscribir esos relatos en un tiempo específico donde muchos, sino todos, habían perdido las ganas de luchar. Además de contar esas historias de Andrea Lopez Zamora y de la chica P, no quería que otros lo consideraran cómplice de su tiempo, incapaz de vencer sus circunstancias. Si hubiera naciedo diez años antes, es posible que, al igual que Alonso, habría podido decir que estuvo allí peleando en Nicaragua contra el ejercito somocista. Diez años después lo habían sentenciado a la caída del muro de Berlin, a las faciles gritos de victoria de los gringos y de los infelices miembros del movimiento costa rica libre y de los que creían que con privatizar las empresas estatales la situación nacional iba a mejorar.

001

Decir que había trabajado en su relato por muchos años era en verdad exagerar. La verdad era otra, siempre es otra. En primer lugar, fueron las horas de trabajo que no le permitían escribir en la madrugada, cuando podía sentarse frente a la computadora sin el temor de que sonara el teléfono y que lo desconcentraran, de que su mujer le pidiera ayuda con alguna tarea doméstica, y de tener que sacar al gato al patio para que éste hiciera sus cosas. Le gustaba sentarse frente a la pantalla blanca, prender lentamente unos más de los númerosos cigarrillos que fumaría durante la noche, saborear el recio sabor del escocés de doce años que no le podía faltar antes de empezar la pelea, antes de rascarse vigorosamente el pelo y la barba para buscar el enganche, el ritmo que guiaría sus palabras. Porque nunca fui de los que pueden elaborar una frase sin sentir las palpitaciones de sus palabras, la alegría de los verbos, la fugaz complicidad que hay entre adjetivos y conjunciones. No, la escritura era más que comunicarse, que entrelazar varias palabras concordantes, que acordarse del orden de la oración, de limar metódicamente metáforas y metonimías, de buscar la aprobación del lector. No, la escritura era un ejercicio solitario, era encender la máquina de su imaginación, era atrever a decir lo que callaba por buenos modales o por no buscarse problemas, por no mojarse los pies en el agua picada de la vida, era decir su verdad a su manera desenfrenada y caóticamente a última hora y en el momento menos conveniente.

En segundo lugar, había dejado de creer en el dios de las palabras. Su relato necesitaba la textura de los árboles en primavera, y el olor de los aguaceros en invierno, el dulce sudor que nos cubre cuando los cuerpos se encuentran. Sus palabras le parecían falsas, prestadas, mutiladas. Quizá ese era el problema de no haber terminado antes su relato, de no fijarse en como impreceptiblemente pasan los meses y te salen canas en la barba, de no ser el mismo que empezó la historia de Jorge. Se le hacía decididamente más difícil encontrar el enganche. Sentía, al igual que Jorge, como lirios palidejos y márchitos se deslizaban lentamente a través de su cuello y cortaban poco a poco su respiración. Entonces, veía a su alrededor y no sabía si abandonar este embuste de las palabras, de gritar hasta no poder más, de contentarse tomando fotos, de ser felíz estando en la cocina en busca de sabores nuevos, para él, claro está, de imaginarse cómo armonizarían una salsa demi-glace con un poco de salsa hoisin, sobre un lomito blue con hongos shiitake, de descubrir por vez primera la textura, casi de chicharrón, de una pechuga de pato frita cocinada a término medio, solamente adobada con sal de mar y pimienta blanca, de sentir el agradecimiento de los que venían a comer a su casa, y querían aprender como instintivamente iba añadiendo la cebolla, el chile duce, el ajo, el arroz perla, los muslos, el chorizo, las almejas y los mejillones, sin medir nada, oliendo no más, sabiendo si le hacía falta sal o pimienta, antes de añadir el azafrán con el vino blanco y el caldo de pollo para hacer su paella, antes de preguntarle a su mujer que probara el caldo. Sin embargo, este también era otro embuste porque era un cambio que siempre a altas horas de la noche, cuando esos ruidos imperceptibles nos sobresaltan, dejaba patente la ausencia de las malditas palabras. Le parecía imposible vivir sin terminar su historia, atragantado de lirios, de sospechas, y de silencios. Porque abandonar el relato era porque era como cambiar su nombre y sus dos apellidos, porque quería escribir, tomar fotos, cocinar e irse de parranda con sus amigos.

Sin embargo, reconocía que la logística de terminar la historia de otro, ¿el mismo?, empezó era casi imposible a estas alturas de su vida. Ya no se acordaba claramente qué quería probar escribiendo historias que desde adolescente lo habían perseguido. Era reconstruir el rompecabezas de cartas, capitulos sueltos, y cientos de poemas que yacían pulcramente sepultados en varios diskettes en diversos formatos, con distintas voces. No sabía si era mejor dejar que la máquina se prendiera sin su ayuda, tal como Jorge lo dispuso años atrás, e interpretar solamente los signos del camino, que cada una de las partes se acoplaran de la mejor manera, que el colibrí siempre encuentra la flor. Era desempolvar palabras, investigar razones, líneas de fuga y de encuentro. Era despojarse de todo áquello que no nos sirve ya para ser capaz de continuar el viaje sin maletas innecesarias.

8.23.2005

Foto del martes

Regresaba a casa esta tarde del trabajo y me gustó la manera en que caía el agua.

8.12.2005

¿Hace cuánto dejé de ser yo?

Camino entre ojos desconocidos
Cansado y sediento
Sin más camisa que la del silencio.

Solo y sin nombre respiro.

Habría que romper el viejo pacto
con los sucios espejos de la costumbre.

Habría que quemar las ropas viejas
del mi asfixiante conformismo

Habría que quebrar todas las ventanas
y tirar abajo las paredes
de mi vieja celda

Talvez recobraría así la voz escondida

8.05.2005

000

This ain’t reallly life, really life
nothin’ but a movie
Gil Scott-Heron

Una película repetida con los mismos actores y con las mismas ordenes de escena del director. Sin salida y sin remedio. Envueltos en las comodas sabanas del miedo y de la costumbre. En busca de un orden suicida. Sin imaginación y sin pasión. Nada cambia excepto el nombre y la edad. Se prohibe transgredir. Se prohibe amar. Se prohibe cambiar. Cuba, Chile, y Nicaragua experimentos para olvidar. Ame sobre todas las cosas la libre competencia y la propiedad privada. Desee cosas muertas, compre y posea serán los mandamientos de tu religión. No hay nada que escoger ya que los mayores lo hicieron por usted. Sin dudas así el mundo te será más fácil.

J me vio directamente a los ojos y me preguntó adonde había guardado su revolver. Me tuve que reir porque el bien sabía que estaba a la par de la cama, en la de mesa de noche y me lo preguntaba como para cerciorarse que este día también no iba a tener la fuerza para no seguir.

Concrete señor, a qué se refiere, de ejemplos específicos. ¿Cómo era que decía R, tu profesor? ¿Que los personajes de C tienen una cierta especificidad individual que manifiestan su universalidad? De acuerdo, viejo. Comencemos así.

Canto alegre este huapango
porque la vida se acaba
y no quiero morir soñando
ay como muere la cigarra
La vida la vida es...
Camarón

Darlo absolutamente todo y quedarse sin nada. Sin esperar recompensa en esta u otra vida. Más allá del alivio que da el escribir y el cante no hay nada que valga la pena. Viejo, no es algo que se pueda cuantificar en este tiempo neoliberal. Es darse sin pedir nada a cambio. ¿Entendés? Quizá el último acto posible en este tiempo en que todo se puede comprar y se puede vender.
Continuará

8.01.2005

¿Qué harás si se te acaba el tiempo?

Si mañana no puedes respirar.
Si lo que esperabas no llegó.
Si lo que llegó no era lo que esperabas.

Si entre la arena del tiempo, no se pueden distinguir tus huellas
Si ya cansado de huir de sombras y gemidos,
Te das cuenta que ya el reloj no marca más tu tiempo.

¿Qué harás con los momentos preñados de dudas?

¿Podrás acaso verte en el espejo una vez más?

Acaso recordaras lo que querías decir.
Acaso tendrás tiempo de decir lo que no querías recordar.

¿Será tu silencio y una cuenta de banco sin dueño la herencia?

¿Qué harás con las narcotizantes horas de oficina,
Con los minutos desperdiciados en reuniones de trabajo,
Con los segundos contados para tomar el autobús?

Esas caricias y esas confesiones
Esas sospechas y esas mañanitas tibias de alegría
Congeladas en el hielo de tus miedos.
¿Serán una deuda más que no pudiste saldar?

¿Acaso permitiste que los ritmos secretos de las palabras se te escaparan,
Y que las páginas blancas queden preñadas con tu silencio?

¿Qué harás si te acaba el tiempo?